sábado, 28 de enero de 2012

Un relato simple para empezar

Recuerdo todavía el olor de la ginebra y de su sabor cuando la besaba. Asemejo aún ese sabor a sus labios, y a esa noche.
 Nos paramos frente a la puerta. Oh, ese silencio incomodo. Nunca creí que un silencio incomodo pudiera sentar tan bien a alguien, pero cuando este silencio precede a un beso, es la mejor música que pueden escuchar mis oídos.
 Habíamos bebido, como supondrás ya, aunque no mucho. _Bueno, supongo que ahora me toca entrar, es tarde. Decía ella con la voz entrecortada, mientras, con la mirada hacia el suelo, jugaba con sus llaves en la mano. _Sí, supongo que es tarde ya.
 Nos dimos un abrazo, y entonces llegó. Ese silencio. Sepulcral. Ese silencio. Incomodo. Y aunque en ese momento salió del portal una pareja discutiendo, nosotros no oímos nada. Todo era silencio, entre ella y yo.
 La besé. Me besó. Llamo al ascensor _¿Qué piso es? Sin dejar de besarme aprieta ella el botón.
 Entramos en su habitación. Ver esa habitación desordenada, con sus libros en el suelo y una guitarra en la cama, me hizo verla encantadora. Quité la guitarra con cuidado para luego, bruscamente, tirarla sobre la cama. La agarro de la cintura y la beso. Qué besos. Que dulzura. Sus besos me firmaron una tregua con el mundo, estaba reconciliado con la vida, en ese momento. Ese momento. Recuerdo oír música. El jazz se encerró con nosotros en la habitación.
 Le muerdo la oreja y luego le doy la vuelta. Ahora está ella encima. Sentada sobre mí, sin sostén ya, me pongo frente a ella y le susurro: ``hazme el amor hasta que no haya noche´´.
 Nos enamoramos por esa noche para por la mañana, con indiferencia, decirnos ``adiós´´ con la mano.

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